Eran eso de las 23 horas y de punta en blanco nos disponíamos a salir.
Empecemos asumiendo cosas, cuando las mujeres salimos, no esperamos ligar en sentido estricto, más bien salimos a seducir. Porque no queremos ser diana de todas las miradas, preferimos llevarlo con discreción, entrar en un local y embriagar a un hombre con nuestro perfume, permitir que quede prendado un caballero con nuestra forma de caminar, o clavar una mirada extraña en la tuya de repente, habiendo tantas en la multitud donde escoger... pues eso, eso nos gusta, porque nos hace sentir especiales, como princesas todos los días, esas pequeñas cosas, eso tan sencillo pero tan complicado de conseguir.
Pues bien hemos decidido salir, porque tras un fracaso hemos sido consecuentes, hemos aprehendido de nuestra experiencia y hemos sacado cosas positivas y podemos alzar la cabeza de nuevo al mundo y seguir siendo las mujeres de las que nos sentimos orgullosas formar parte.
Durante la cena marcarmos el listón altito altito, con la ESTÚPIDA idea de que siempre estamos a tiempo de bajarlo, pues no no no y no, porque si tan importantes debemos sentirnos, si tanto esfuerzo realizamos para seguir al nivel de este mundo que hemos sentido en contra nuestro, ¿se puede saber porqué se nos olvida tan desprisa? porque llega un momento que hemos bajado el listón hasta el autodesprecio y eso no se puede admitir.
Si hemos decidido rehacer nuestras vidas, si estamos convencidas de conseguir todo lo que nos propongamos, a perseguir nuestros sueños, a tener ambiciones personales, porque en seguida perdemos la autoestima, pues no.
Así que empezaremos la noche con el listón en sitio razonable, y si debe estar más abajo que tan altito, pues hay que ser sensato, claro está, pero una veza marcamos la altura, ahí, ahí quietito, que luego vienen los llantos y las lágrimas porque volvemos a estar igual, que no vale, bueno ya lo cambiaré, no señoras mías, nadie cambia, nadie, ni siquiera nosotras creyéndonos tan poderosas, todo el mundo es como es y no como queremos que sea y o aprendemos a aceptarlo o a otra cosa mariposa que luego no está permitido lamentarse.
Moraleja: No bajemos el listón, que en vez de abrazarlo acabamos saltando por encima.